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09-08-2017 - AVIÓN PERDIDO
La incertidumbre y la angustia de no saber qué pasó



A más de dos semanas de la desaparición y sin indicios de lo que ocurrió, en las ciudades, de donde son los tres tripulantes, continúa la consternación.

A Matías Ronzano, de 30 años, le salieron una serie de vuelos con la familia Aristi, con la que trabaja desde abril pasado a través de la empresa Aibal Servicios Agropecuarios, y enseguida invitó a su amigo Emanuel Vega, de 25. Lo suelen hacer: como pilotos jóvenes, sumar horas de vuelo es una necesidad para progresar. Vega aceptó porque su jefe, contratista forrajero, le había dado vacaciones.

El primero de esos vuelos fue el domingo 23 de julio pasado a Mendoza, donde los Aristi son propietarios de la bodega Melipal. Ahí lo llevaron a Ignacio Aristi, dueño del avión bimotor turbohélice Mitsubishi que Ronzano piloteaba. Los dos volvieron a Lincoln. Al día siguiente los esperaba un vuelo a San Fernando y luego hacia Las Lomitas, Formosa, donde Matías Aristi, de 37 años y uno de los cinco hijos de Ignacio, administra campos. Ese mismo domingo, Matías Aristi se subió a la camioneta con su esposa y sus tres hijos -de seis y cuatro años, y ocho meses- y los llevó desde Bragado hasta la casa de sus suegros en Buenos Aires para pasar unos días de vacaciones. Su esposa lo llevó el lunes a San Fernando, donde Aristi se encontraría con los dos pilotos.

El lunes a la mañana, Ronzano y su mujer, Ángela Barbero, se subieron al auto, pasaron a buscar a Emanuel por su casa y se dirigieron hacia el aeródromo de Lincoln, donde esperaba el avión. Ella no los vio despegar. Trabaja en Junín como becaria doctoral del Conicet -es licenciada en Genética- y debía seguir camino. Estuvo sólo un rato, mientras ellos bajaban las valijas y preparaban el mate para el viaje. Alrededor de las 13.30, Ángela recibió un mensaje de WhatsApp en el que Matías le avisaba que habían llegado bien a San Fernando. Que la meteorología estaba medio fea, pero que en un rato iba a despejar. "¿Pero todo bien?", escribió ella. "Todo de diez", contestó él. Ése fue el último mensaje que ella recibió.
En San Fernando, el avión reabasteció combustible a tope -400 litros, que le dan una autonomía de cuatro horas- y despegó a las 14.24. De las 14.31 es la última señal en los radares. De ahí en más no se sabría nada del avión ni de sus tres tripulantes. A esa hora Ángela volvió a su casa del trabajo. "Lincoln", le escribió a su marido para avisarle que había llegado bien. El WhatsApp marcó la doble tilde, pero no se puso celeste, no lo vio. "Debe estar despegando -se dijo-. Ya me va a contestar." Pasaron las horas y ella, como siempre, le mandó fotos de Margarita, su hija de diez meses. No le llegaban. "Estará volando, estará sin señal", se repetía. A las 18 empezó a preocuparse. Lo llamó. También a Emanuel. Los teléfonos sonaban, pero no atendían. Después de las 21, mientras festejaban en su casa el cumpleaños del padre de Matías, él recibió la llamada de un amigo. Le avisaba que minutos después del despegue se había perdido todo contacto con el avión.

Los familiares y allegados de Matías Ronzano, Emanuel Vega y Matías Aristi que entrevistó LA NACION no saben más que eso. Ya pasaron casi dos semanas sin indicio alguno. Repartidos en Lincoln, Bragado y el aeródromo de San Fernando, atentos a las búsquedas de las que incluso algunos participaron, esperan novedades sin perder la esperanza de que llegue una buena noticia y devuelva la tranquilidad de pueblo que caracteriza a estas dos ciudades agropecuarias del centro de la provincia de Buenos Aires. Pero a los más cercanos la incertidumbre y la angustia que crecen con los días los agotan físicamente y los devastan en lo emocional.

"A la mañana uno se levanta con más energía y tiene más fuerza, pero llega el final del día y estás destruido. La cabeza no te da más de pensar miles de cosas, de estar esperando los partes y desear, por un lado, que te digan «no los encontramos», pero también que surja algún dato de dónde pueden estar. Y no surge. Es horrible y desesperante", dice Barbero, en un rincón apartado del bar de un hotel de Lincoln.

Es temprano y esa energía se le nota. Sobre todo cuando relata los esfuerzos que hizo Matías para alcanzar su anhelo de convertirse en piloto. Se conocen desde chicos. Y no se separaron más. Ella tenía 13 años y él 18 cuando empezaron a cruzarse en eventos: ella practicaba danza y él se ocupaba del sonido. Ése fue uno de los tantos trabajos que encaró con el objetivo de juntar plata para aprender a volar. Fue paso a paso: comprarse un kit de aeromodelismo, trabajar desde tierra con medios aéreos del plan nacional de manejo del fuego, sacar la licencia de piloto privado y la de comercial, mientras sumaba horas de vuelo con un avión del circo Rodas que hacía publicidad sonora, luego como piloto de una empresa de alimentos de Pehuajó y, ahora, al comando de la aeronave de los Aristi.
A unas 20 cuadras del hotel, justo donde el pavimento se vuelve camino de tierra, en la pileta cubierta del Club Rivadavia, cuelga la bandera que armaron los compañeros del curso de guardavidas que Vega empezó a principios de año. Sobre la tela se lee: "Fuerza Ema, te estamos esperando". Jorge López, que da clases de natación en ese curso, cuenta que el objetivo a fin de año es hacer 600 metros en 11 minutos y 30 segundos. "El primer día Emanuel lo hizo en diez y pico. Hace triatlón y le sobra el físico, pero nunca me hizo sentir que él ahí estaba de más. Tiene mucha humildad. Y acá enseguida se armó un grupo lindo. Incluso los llevó a volar a algunos de los chicos", cuenta.
El golpe más duro se dio el lunes pasado, cuando retomaron las clases para el segundo semestre y la ausencia de Emanuel se materializó. Un andarivel vacío. Su compañero de ejercicios solo. Y la bolsa con el conjunto de guardavidas para las prácticas en aguas abiertas a la espera de él. A Sandro Kalemberg, coordinador general de la escuela de natación, le cuesta hablar. "Te acostás pensando. Te levantás pensando. Y esa no certeza, ese no saber dónde está, te vuela la cabeza", dice.
Vega trabaja como piloto desde hace cuatro años con el contratista Walter Barneix. "Había progresado muchísimo todo este tiempo. Cuando hubo imprevistos los supo revertir muy bien -dice Barneix-. Siempre me gustó su forma de ser: una persona educada, que ayuda en la oficina cuando no está volando. Ser piloto es su pasión, y su sueño es volar un Boeing."
En Bragado, a 140 km de Lincoln, con esa misma angustia, las distintas ramas de la familia Aristi permanecen unidas a la espera de noticias y en cooperación constante para mantener un cronograma y que siempre haya alguien presente en San Fernando. Jorge Aristi, primo de Ignacio, el padre de Matías, habla en representación del círculo más íntimo. "Lo que más tocó es que son buena gente. Una familia marcada por una ambición con valores humanos y empresariales, permanentes generadores de trabajo. Y el avión era una herramienta de trabajo", dice.
Menciona la espontánea colaboración que recibieron de fumigadores de Buenos Aires y las provincias del Norte -también tienen campos en Santiago del Estero- y de las cuadrículas que formaron los aeroclubes de la zona para ayudar en la búsqueda. "La conclusión es que en la Argentina no sólo faltan radares, hay muchísimo por hacer -dice Jorge-. Objetivamente no hay ningún dato. Tampoco hay indicios de ningún accidente. Nuestra principal hipótesis es mantener la esperanza de encontrarlos vivos a los tres."

TRES NOMBRES, UNA BÚSQUEDA
MATÍAS RONZANO
Piloto
Profesión: piloto comercial
Edad: 30 años
Origen: Lincoln
Padre de una beba de diez meses.
En abril pasado empezó a trabajar para la familia Aristi como piloto del bimotor turbohélice

EMANUEL VEGA
Copiloto
Profesión: piloto
Edad: 25 años
Origen: Bahía Blanca
Vive en Lincoln donde trabaja como piloto de un contratista forrajero. Además de los aviones, su otra pasión es el triatlón

MATÍAS ARISTI
Pasajero
Profesión: empresario
Edad: 37 años
Origen: Bragado
Padre de tres chicos, administra campos de la familia en Formosa y Santiago del Estero. Es fanático de las motos
Fuente: La Nación.







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