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12-04-2013 - OPINION
La ciudad de las lágrimas



Por Mario Madrid - Magister en Dirección y Gestión Pública Local

Un viaje en auto a La Plata, junto a mis hijos mayores, el martes 2 de abril nos condujo a vivir una situación que jamás hubiésemos imaginado. Ingresamos esa noche por la avenida 44 y en la esquina de 143 la marcha se detuvo porque el agua cubría la toda la calzada, no se podía avanzar, pero además la lluvia no cesaba y el pánico, aunque nadie lo convoca, entra en el clima a envolver el ambiente que nos rodea. Resulta imposible entender, en ese momento, cuando y como medir el riesgo, el peligro puede desaparecer o, contrariamente, demoler todo lo que encuentra a su paso. En las catástrofes naturales graves, lo sabemos, acecha la muerte que, para peor, llega repentina y disfrazada de traición.  


Fue una noche, como dije, de temor, pánico y de difícil resolución. Como reaccionar en esos casos ya depende incluso de los instintos, la razón no cabe, y mientras algunas personas abandonaban los autos, arremangados en la inundación, otros preferíamos sentir la sensación de seguridad de un encierro sobre cuatro ruedas. El agua que avanza, siempre en sentido sur-norte en búsqueda de un desagote natural, que carece de obras de infraestructura con alguna planificación aunque lamentablemente sin ejecución, conocido con el nombre de Arroyo El Gato, el cual a esa hora ya era una furia sin control que arrasaba todo lo material que encontraba en ese enfado, incluso las vidas humanas que pudieran estar cerca de su cauce.


Con las primeras horas de la mañana, la hilera de autos detenidos en el agua que no estaban afectados por ella, comenzó a avanzar hacia el centro de la ciudad. Ahí el panorama mostró a la luz su verdadero rostro desolador, dantesco, destructor, el que nos deparaba las sorpresas más desagradables. Viviendas con la marca del agua a la altura de las ventanas, autos sobre la vereda, chocados, encimados unos sobre otros, el precinto de seguridad que rodeaba a sectores donde era evidente la existencia de cuerpos sin vida, la tristeza en el rostro de los vecinos que no comprendían, porque no era posible, entender qué había sucedido en la ciudad apacible de todos los días que, hoy, se había convertido en el peor escenario de muerte y desolación que se pueda imaginar.


El resto es conocido por todos. Los funcionarios ausentes, la lenta reacción de los organismos oficiales y, por el contrario, la espontánea solidaridad del ciudadano común que comenzó a meter manos en la tragedia, con una decisión franca y coherente, que aún con todos los servicios públicos interrumpidos podía intentar señalar los lugares para conducir a evacuados, rescatar a los vecinos, dar un abrigo o un techo para el resguardo de quienes más sufrían la inesperada y traicionera tragedia de La Plata.


Ante la adversidad, Argentina demuestra una vez más que es un gran país, que la gente se une para ayudar a los hermanos que están pasando momentos difíciles, que cada uno desde su lugar, en cualquier rincón del país, está viviendo esta tragedia de las inundaciones sintiendo la necesidad de hacer algo. Aunque, debemos remarcarlo, es la inmediata reacción del ciudadano de a pié. La mayoría de los funcionarios públicos sigue enredado en sus propias contradicciones, con escaso sentimiento de culpa, muchos con la visión que el problema está pero con contradicciones en su propia administración, la falta de grandeza de los políticos opositores que esperan estas situaciones para hacer que mejor saben lograr: instalar la duda y poner algún palo en la rueda.


La pregunta es, ahora, qué debemos asumir desde la función pública para evitar vivir en la sociedad del riesgo. Está entendido ya que debemos imaginar, tanto en los sectores urbanos como en la ruralidad, los peores escenarios posibles. Los tornados del verano, con vientos que superan los cien kilómetros por hora, las inundaciones y el cambio repentino en la situación climática ya es habitual, con lo cual debemos imaginar, con razón, que las alertas van a ser siempre tardías porque el fenómeno climático arrasador está dispuesto a regresar por sorpresa.


De tal modo la función pública, ya de cualquier distrito o espacio urbano, debe obsesionarse con la planificación de obras, óptimo uso del suelo, evitar asentamientos. Calles, drenajes, entubaciones, entre otras, que puedan ser afectadas, en mayor o menor grado de improbabilidad, deben ser tomadas en cuenta. Al conocimiento separado de la experiencia y la ciencia debemos agregar la imaginación, la sospecha, aún la ficción y si es posible, el miedo. El principio precautorio de un funcionario público, de cara a la sociedad, requiere un uso activo de la duda. Debemos por precaución, imaginar lo peor posible, y no obstante tenemos que tomar una decisión, y el ciudadano naturalmente no dejar de exigirla. Con una regla de oro: que el conocimiento no esté separado de la ciencia, obviamente, pero asociado a la experiencia. La misma que posee un gestor público que no se duerme en un sillón sin dejar de pensar que algo grave les puede ocurrir a sus vecinos.    


 







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