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15-02-2016 - COLUMNISTAS
Carta a la maestra

Por Miguel Alegre.

Ya sé que nadie te valora, porque como sociedad te maltratamos y tenemos muy poca consideración con vos, porque en nuestro país las políticas sociales se tambalean hacia el lado de la demagogia distributiva cuando las cuentas son generosas para el administrador, y se refugia en el ajuste con tijeras afiladas, cuando le son adversas. ¡Ay, patria mía! (últimas palabras de Manuel Belgrano) También sé que las familias están difíciles porque quieren una escuela fácil, pasamos de Mi hijo el doctor… a ¿Para qué sirve la escuela? Algún día nos preguntaremos ¿Para qué sirven los seres humanos? También sé que cuando la familia socializaba, la escuela podía ocuparse de enseñar. Pero es mi deseo expresarte que tu tarea en los colegios es lo más necesario, generoso y civilizador para todos los niños, jóvenes y adultos. También deseo expresarte que creo en vos, por llamarme por mi nombre desde el primer día de clases, en cada encuentro, en el salón, en el patio y en el supermercado, porque al llegar al colegio tu primera pregunta era ¿Cómo estás? Y me llevabas de la mano con ternura que alejaban de mi vida a la indiferencia y la soledad, por tu sonrisa que me hizo más humano y facilitó mis aprendizajes, por escribir en el pizarrón con letras grandes una y mil veces las palabras que no entendía, por la paciencia de prestarme o regalarme infinitos lápices negros y de colores, también por tu testimonio de proteger a los más débiles de amor, porque da más fuerza saberse amado que saberse fuerte, tu certeza de amor me hizo invulnerable. Creo en vos porque tu misión a través de cuentos, canciones y títeres fue ser el puente entre mis sueños y realidades, ya vez, a mi edad sigo mirando a la luna que baja en camisón a bañarse en un charquito con jabón. Creo en vos, porque estuviste atenta a mis pedidos de ayuda, dándome muchas ganas de mejorar y de crecer con tu confianza ¡Viste qué podías! ¡Vamos, adelante siempre adelante! Y también con tus palabras, tus ojos y tu alma me decías: ¡La vida espera lo mejor de cada niño! Creo en vos, porque le ponías límites a todos mis caprichos “los caprichos no le sirven a nadie y menos al caprichoso” hasta que de apoco fui entendiendo como usar mi libertad de forma más conveniente, más racional , también creo en vos por tu exigencia en mis tareas y luego valorabas mis esfuerzos, años más tarde descubrí que el esfuerzo es sinónimo de vida , señalando mis errores y enseñándome alternativas de nuevos pensamientos, renovando mi crédito tanta veces sea necesario: “pensalo más tranquilo con tu compañero de banco”, para intentarlo una y otra vez elogiando mis progresos. Creo en vos, porque me enseñaste a pensar y convivir con todas las personas, pero la tolerancia de la intolerancia produce intolerancia, en mi saludo te agradezco MAESTRA porque cada mañana rezabas por mí y por todos los niños del mundo para creer pero con el corazón en Dios, quien todo lo transforma en el AMOR, qué es la único camino para ser feliz.
UN NIÑO DE 80 AÑOS.

Miguel Alegre. Lincoln. Bs.As.







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